TEORÍA DEL CAOS: ¿a quién le gusta el poder?

Estudié Relaciones Internacionales con ese inocente sueño de construir la paz y en aras de ser partícipe de la ciudadanía global que ayudaría a hacer de este mundo un lugar mejor. En la primera clase, preguntó el maestro “¿a quién de aquí le gusta el poder?”, levanté la mano mientras los demás se veían unos a otros perplejos ante mi atrevimiento. Siempre me ha gustado el poder, para mi es la capacidad de hacer que las cosas sucedan, mantuve mi mano en alto sin ceder a la presión social. “Por mí todos, menos la de cabello chino, pueden cambiarse de carrera ahora mismo”, replicó el profesor y, desde ese momento me gané estar en el ojo del huracán durante el resto de la licenciatura. Líder, rebelde o contreras. Más bien diferente.

Después me enteré que decir públicamente que te gusta el poder automáticamente te relaciona con los sectores más ambiciosos y corruptos de la sociedad. Ahí una de las primeras contradicciones; el liderazgo y sus estrategias entendidas como una traición real, como si la mediocridad fuera mejor que la meritocracia. No me importó entonces y tampoco me importa ahora; me sigo cuestionando qué es el poder, cómo funciona y cómo me cumplo esa promesa de arreglar el mundo, aunque sea un poco y desde mi trinchera. Es decir, cómo convierto los sueños y los objetivos en una realidad tangible y diferenciadora.

He descubierto no pocas cosas, es cierto que el poder corrompe, que los ambientes de privilegio te seducen lo suficiente para dejar de discernir entre lo correcto y lo moralmente debatible. También logro distinguir entre los poderes nombrados y los poderes fácticos; pero, sobre todo, ahora entiendo que el poder se ejerce, es una actividad y no un estado de las cosas. El poder es ejercicio, perseverancia, disciplina y entendimiento. En un sistema donde prevalece la competencia, la opresión y el dominio, el poder se entiende como subyugar la voluntad de otros a la propia, ya sea por persuasión o sometimiento. Desde la Revolución Francesa que puso de moda los valores democráticos, convencer –vencer con- ha sido el verbo que acciona el poder. Ya sea a través de la fuerza física o del voto arrollador de las mayorías coludidas para mantener los sistemas de opresión, seguimos jugando a las vencidas.

Me niego pública y rotundamente a entrar a ese juego macabro, agotado y sin sentido. Existe, ahí está, afecta cada cosa que hago, desde cómo me alimento, qué consumo y hasta como pienso; pero tercamente pongo resistencia atreviéndome a pensar distinto, a amar distinto y sobre todo actuar desde la trinchera menos vista, la trinchera del amor incondicional, desde el reconocimiento de las virtudes de los otros, desde el entendimiento de sus motivos y acciones sin juicio, pero con consciencia.

Más allá del juego de palabras, el cambio de paradigma es posible. Recuerdo, por ejemplo, cuando el hermano de una amiga mía le declaró abierta y públicamente la guerra por el control familiar a través de la empresa que fundaron los padres de ambos. Comenzó como una guerra de guerrillas con ataques sutiles y difíciles de señalar en las juntas de trabajo; ante la falta de acuse de recibo por parte ella, las agresiones escalaron en gritos y golpes en las paredes y puertas, frente la mirada atónita de sus colaboradores. Hasta que llegó el día que él la agredió de tal forma que no era posible imaginar otro final más que la madre de todas las guerras: una pelea abierta, campal y hasta la muerte por imponer su visión de que debería de ser la empresa y la familia. Visiones tan divergentes difícilmente podrían congeniar.

En ese punto ella recurrió a su concepción del poder, que no pasaba por aniquilar a su hermano, si no hacer que las cosas sucedan. Han pasado los años, ninguno de los dos ha perdido su puesto en la empresa, aunque la dinámica familiar sí se transformó.  Ella eligió seguir siendo la hija de los fundadores y la líder de su equipo de trabajo, realizó estrategias de negocios que no pasaban por el coto de poder de su hermano y protegió sus proyectos poniendo distancia entre ambos. Quizá lo que más me asombra es su resistencia a atacarlo teniendo todos los recursos disponibles para hacerlo, sin permitir que pasaran por encima de ella o sus principios. Me citaba un viejo adagio cabalista que la imposibilitaba moralmente a utilizar las mismas herramientas que su adversario, “tenemos que ser más creativas” insistía una y otra vez, “lo ético es defenderse, no aniquilar”. Él gana más dinero que ella y tiene a su cargo mayor número de personas, pero me sigo cuestionando cuál de los dos es más poderoso, él con sus recursos o ella con su otra posibilidad de realidad.

 

Lo mío además de la utopía, es la práctica. No me basta creer en un mundo mejor, quiero producirlo, habitarlo y compartirlo. En este camino me he encontrado con varios compañeros de viaje que también están construyendo su propio juego y eso es una ventaja, porque cuento con quien debatir, pensar y actuar desde la otredad. Sobre todo, nos seguimos cuestionando, con curiosidad y respeto. Es un trabajo que sigue en evolución, no tenemos todas respuestas, pero no nos cansamos de hacernos preguntas.

 

Si el poder es acción, requiere un tiempo y un espacio para ejercerse, para suceder. Las condiciones nunca serán las ideales y por ello no hay que seguir peleando con la realidad. Como mi amiga, hay que hacer, resistir, defender y sobre todo gozar, no a costa de los demás, pero tampoco a costa de nosotros mismos. Probablemente así más personas podrán jugar un juego diferente, donde habiten su dignidad y sobre todo su libertad.

 

Shoshana Turkia

Socia fundadora de Presente Continuo

shoshana@presentecontinuo.com.mx

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Shoshana Turkia

Shoshana Turkia

Socia Fundadora de Presente Continuo Escritora / Conferencista / Emprendedora Social / Consultora en procesos humanos

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